jueves, 10 de noviembre de 2011

Reflexiones "anímicas"

Se supone que ahora debería, de manera ordenada y coherente, plasmar lo que ha significado este viaje para mi, las sensaciones que he experimentado, etc… Me resulta muy difícil. Casi imposible. Son cuestiones muy personales que difícilmente se pueden transmitir al prójimo a través de un blog. He disfrutado mucho, quizás empecé a hacerlo con el viaje ya avanzado, pero así ha sido. Atravesamos los lugares que durante tanto tiempo imaginé, sentí la más absoluta soledad y la sensación de plena libertad que solamente te proporciona el viajar casi sin rumbo y sin condicionantes o planificaciones previas. Todo eso, sumado a los momentos “duros” (por decir algo, porque duras son otras cosas y no mojarse o pasar frío por decisión propia) hacen que el vínculo que te une a tu acompañante se convierta en algo distinto. No sé definirlo con precisión, pero mi percepción es esa. Es una experiencia que, sin duda, enriquece a todos lo niveles. Son veinticuatro horas sobre veinticuatro horas juntos y en unas circunstancias diferentes a las cotidianas; hay que ser flexible, saber ceder, tomar decisiones rápidas y en conjunto, buscar tiempos y espacios para uno mismo… Son muchas situaciones que, en el día a día no se plantean y que hay que gestionarlas sin experiencia previa. Posiblemente todo eso sea lo que más he disfrutado del viaje. No puedo negar que siento cierto pudor al hablar de estas cosas pero, por otro lado me apetecía hacerlo.
Ya habíamos realizado más viajes en moto, siempre solos, pero nunca tan largos y tan singulares. Aún así, en muchos momentos se me venía a la cabeza el blog (del que hablé en alguna entrada previa) de una pareja austriaca que viajaban con sus Royal Enfield y, además, acampaban. Eso sí es fastidiado: mojarte, montar la tienda, seguir empapado, no sacarte el frío del cuerpo, recoger al día siguiente sin haber descansado en condiciones… Ahora, aún resultándome igual de atractivo ese planteamiento, lo veo con otros ojos.
Cuando cruzas paisajes como las Highlands islandesas o circulas a los pies del Vatnajökull, no puedes dejar de plantearte lo insignificantes que somos y lo relativo que es todo lo que nos rodea. Es cierto que no hay que ir hasta allí para plantearte la vida en estos términos, pero ayuda… Al menos ayuda a tener presente que somos algo muy pequeño y pasajero, dentro de un lugar inmenso. Como digo, la vida te pone en situaciones que te enseñan a centrar en su sitio las, a veces, estúpidas preocupaciones que, día a día, convertimos en montañas infranqueables. En mi caso así ha sido pero, lentamente y sin percibirlo, uno olvida esas enseñanzas y vuelve a entrar en la misma dinámica absurda. Estos viajes, que para mi son auténticas “desconexiones de la realidad”, me resultan muy útiles para reorganizar mi escala de valores y prioridades, al menos por una temporada.
Al final, después de estas reflexiones un tanto erráticas, todo se resume en una idea: ¿cuándo nos vamos de nuevo?

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Reflexiones "mecánicas"

A lo largo de las diversas entradas de este blog no he hablado en exceso de la moto. Supongo que hay otras cosas más amenas e interesantes que relatar. Aún así, un viaje en moto es un viaje en moto, e imagino que gran parte de los lectores del blog serán aficionados a las dos ruedas.
En la entrada que ponía punto y final al itinerario que hemos realizado en estos veintitrés días, comentaba que viajar en moto es algo distinto. Procuraré no abusar de los tópicos al intentar justificar esta afirmación, pero la intensidad con la que disfrutas (o padeces) cada kilómetro y cada minuto, poco o nada tienen que ver con las sensaciones que te puede proporcionar otro medio de transporte.
Por otro lado, quiero adelantar que no me gusta la mecánica; ni los cilindros, bujías y escapes forman parte de mi conversación habitual. Son temas que no me interesan demasiado y mis conocimientos son prácticamente nulos. Supongo que debería subsanar este extremo, ya que me permitiría viajar con más seguridad y de forma más autosuficiente. En fin, mea culpa.


Por todo ello, lo único que pretendo es intentar transmitir las sensaciones que he experimentado sobre la Triumph, su comportamiento, sus ventajas y sus pequeños o grandes defectos. Aquí no encontraréis, por ejemplo, comentarios técnicos sobre milimétricos reglajes de suspensiones…
Como además se trata de un modelo prácticamente nuevo en el mercado, espero que mis impresiones puedan resultar útiles a todos aquéllos que están barajando con una TT 800 XC ABS como opción de futuro.
Dicho esto creo que podemos ponernos manos a la obra.
Subirse a la TT 800 XC ABSy hacer casi 7.000 kilómetros creo que me otorga el bagaje suficiente como para hacer un pequeño análisis pormenorizado de los distintos aspectos de la moto.
-Ergonomía y practicidad: La postura es bastante peculiar para tratarse de una trail, las manos van más bajas de lo habitual y te sientes un poco más “al ataque”. Personalmente le voy a instalar unas alzas SW-Motech para levantar el manillar. No es una mala postura pero, por ejemplo, circular de pie se hace complicado. El asiento es más bien durillo cosa que en tiradas largas es de agradecer ya que la fatiga se reduce notablemente. En el caso del pasajero no hay queja alguna, y eso que estaba acostumbrada al megasofá de la V-Strom! Un buen detalle es la posibilidad de regular el asiento en dos alturas ya que es una moto francamente alta. Yo lo llevo en la posición elevada.
En autopista la TT ofrece una protección aerodinámica aceptable teniendo en cuenta que he montado la cúpula alta regulable que la casa ofrece como opción y un deflector adicional Touratech; aún así los hombros quedan un tanto expuestos.

En cuanto a iluminación , la V-Strom había dejado el listón muy elevado y la TT 800 XC ABS ha dado la talla. La noche se hace día y, si lo completamos con el juego de antinieblas, el conjunto es perfecto. Por cierto, todos los accesorios montados han sido prácticamente imprescindibles: cubrepuños, antinieblas, scotoiler, defensas de motor, puños calefactables, etc… El único chasco ha sido el caballete ya que está habiendo problemas con los muelles de retroceso y además es literalmente imposible subir la moto si llevas las maletas puestas y cargadas. Supongo que el increíble Hulk lo conseguirá sin pestañear, pero aún no he visto a humano capaz de hacerlo… Encima es caro.
El tablero es completo y con mucha información práctica, especialmente los consumos medios y la autonomía restante cuando viajas por zonas en las que debes prestar atención a los repostajes si no quieres quedarte tirado en medio de la nada. Lo que no entiendo es que una moto recién salida al mercado, carezca de warning y de la posibilidad de manejar el ordenador desde la piña izquierda. Inexplicable…
-Capacidad de carga: Sin ninguna queja. Top case de 46 litros y sendas maletas laterales de 45 litros, además de bolsa sobredepósito. Mucha capacidad y espacio de sobra.
-Motor: Totalmente suficiente en cuanto a potencia y extremadamente suave. Personalmente me gustan las motos con muchos bajos y los de ésta no se puede decir que asusten, pero alcanza un equilibrio perfecto entre empuje constante y cierta “mala leche” arriba. Ausencia de tirones, de “toses” y demás cosas raras. Arrancó a la primera cada día, con frío (hasta -2º) y con calor (hasta 26º). Llega a resultar un tanto molesto el calor que despide por los costados del motor pero lo considero un mal menor…
El cambio es suave y muy preciso, sin grandes saltos entre marchas y con un recorrido contenido.
-Ciclo: La suspensión delantera no presenta ninguna posibilidad de regulación y la moto viene de fábrica con una configuración ni dura ni blanda; creo que correcta para un uso “normal”. Personalmente encuentro la suspensión trasera perfecta para circular a dúo y cargado, es firme y a la vez confortable. Pero cuando de circular en solitario se trata… ahí la encuentro un poco dura incluso regulándola al mínimo tanto en precarga como en extensión. Ya sé que esa firmeza aporta seguridad pero… soy muy comodón y no voy rascando las estriberas en cada curva. Lo que sí echo en falta y, nuevamente me parece inexcusable, es la ausencia de un pomo remoto para regularla con más comodidad.
En líneas generales la moto se muestra aplomada y estable a velocidades legales (dependiendo del país…) por autopista: 130 km/h con dos personas y maletas cargadas es un crucero cómodo en el que la moto se comporta de manera noble y predecible. Desde luego que también puedes circular a 180 km/h pero no es mi estilo por el momento…
Por carreteras nacionales la moto se encuentra muy a gusto, es noble, las suspensiones no flanean y puedes circular “a ritmo” de forma segura y sin sobresaltos. Cuando el asfalto empieza a deteriorarse es cuando, personalmente, más disfruto de la moto. Puedes mantener ritmos elevados o ir de paseo; nunca reaccionará de forma impredecible. El manillar alto te permite disfrutar de una sensación de control imposible de conseguir con otras motos. Los bajos más que suficientes, pero no salvajes, facilitan una conducción relajada y sin abusar del cambio. Eso sí, las reacciones de esta moto al acelerador son bastante inmediatas si las comparo con mi anterior V-Strom 1000, así que ojito al abrir fuerte sobre firme deslizante.
Mi unidad viene equipada con frenada ABS, era un extra al que no quería renunciar. Además cuenta con la posibilidad de desconectar el sistema, desde el tablero, si vamos a circular fuera de carretera a ritmo alegre. A lo largo de los trayectos de pista nunca lo desconecté. El comportamiento de la frenada me parece más que aceptable; no espectacular pero sí razonablemente buena. Eso sí, el freno trasero es un poco "todo o nada" ya que la rueda bloquea con cierta facilidad haciendo saltar el ABS.
Y por último, ¿qué tal va off road? Creo que debo dejar claro que mi experiencia al respecto era nula y durante la ruta islandesa creo que hemos cubierto unos 300 km por pistas en mejor o peor estado. A eso hay que añadir que los neumáticos no eran los más indicados y que ibamos cargados. A pesar de esos condicionantes, la moto respondió francamente bien, incluso permitiéndome disfrutar de algunos tramos (siempre a ritmo tranquilo, claro). Las suspensiones cumplieron sin hacer topes y la potencia en ningún momento “asusta”. La verdad, en este aspecto me ha sorprendido muy gratamente.
Solamente queda referirse a los neumáticos. Obviamente era el juego que traía de fábrica, unos Bridgestone BattleWing. En su día los monté en la Suzuki y no recuerdo haber tenido problemas pero en esta ocasión y tras haber finalizado el viaje, me han dado un par de sustos (siempre el delantero) que me han hecho perder la confianza y circular bastante tenso en cuanto diviso una mancha de humedad o un asfalto demasiado gastado.
Seguramente hay mil detalles que me dejo en el tintero y, según vaya recordando editaré la entrada para incluirlos, pero espero haber sintetizado la esencia de una moto que, a fin de cuentas, creo que te ofrece mucho por un precio razonable. Es cómoda, ligera, muy versátil, suficientemente potente, bonita desde mi punto de vista, original en su configuración mecánica, etc… y con algunos males menores, como la ausencia de warning y control del ordenador desde el puño izquierdo, que a buen seguro rectificarán en futuras ediciones. Un producto casi redondo con el que Triumph, a juzgar por las ventas, ha dado en el centro de la diana hasta ahora copada por BMW.
Todo esto lo digo desde el punto de vista de una unidad equipada con un montón de extras que no hacen sino elevar el precio total del producto… Es algo a tener en cuenta; la moto sale de la fábrica “pelada”.
Y, casi, lo más importante: ha demostrado una fiabilidad a prueba de bomba tras unos cuantos miles de kilómetros de “caña” sin contemplaciones…Se ha portado muy, pero que muy bien!

LOS DATOS:
-Total distancia: 6.124,1 km
-Tiempo: 76 h. 49 min.
-Consumo medio: 5,7 l/100km
-Velocidad media: 78,4 km/h

29/9/2011 El Musel-Llamaoscura 39 Km

Llanes, Ribadesella, Caravia, Colunga, la sierra del Sueve… poco a poco vamos identificando las playas, los montes y los pueblos que divisamos desde cubierta. El día no es nítido y los Picos de Europa apenas se intuyen debido a la calima. A la altura de Lastres podemos ver un grupo de calderones junto al barco, sus lomos negros y sus aletas dorsales asoman, cada pocos segundos, en la superficie. El monte Deva y la rasa costera que se extiende entre Villaviciosa y Gijón está ante nosotros y, en breves minutos, tendremos casi al alcance de la mano la playa de San Lorenzo y, finalmente, el puerto de El Musel. El barco, con un poco de retraso, atraca y nosotros, con todo recogido, bajamos a la bodega para salir lo antes posible y evitar el jaleo de camiones y autocaravanas.
Las sensaciones son extrañas, el tiempo ha transcurrido a una velocidad vertiginosa, no tenemos en absoluto la sensación de que haya pasado casi un mes desde la partida… Estoy contento, he cumplido un sueño que, durante mucho tiempo lo consideraba inalcanzable. Hemos vivido intensamente un viaje irrepetible y sin ningún percance. Hemos disfrutado de cada kilómetro, de cada glaciar, de cada volcán, de cada pueblo, de cada parada, de cada travesía en barco… Nos hemos reído, hemos pasado frío y calor, nos hemos mojado y hemos conocido a gente estupenda. Es una forma de viajar distinta, que solamente quien la ha probado puede entender y apreciar más allá de las teóricas incomodidades que supone viajar en moto. Todo se intensifica, lo bueno y lo malo.
La puerta del garaje se abre, aparco y quito la llave de contacto. Se ha acabado “la fiesta” y un par de sonrisas se dibujan bajo los cascos. Sin duda, ha sido algo especial.


28/9/2011 Le Mans-Redon-Saint Nazaire 275 Km

Cierta sensación de pena me compaña hoy durante buena parte de la mañana. Dentro de unas horas estaremos, de nuevo, embarcados hacia Gijón. Pero antes aún tenemos una jornada para disfrutar y hacer alguna que otra parada interesante. Después de desayunar me siento obligado a lavar, aunque sea un poco, la moto. En diez minutos, la dejo más o menos presentable al despojarla de unos cuantos kilos de mosquitos, tierra, polvo y algunas piedras que han llegado desde Islandia incrustadas entre el cubrecárter y el motor. Nos ponemos en marcha y, tras dudarlo, nos animamos a desviarnos hasta Redon. Se trata de un pueblo del sur de la Bretaña en el que pasé una semana, si no me equivoco, en 1.994. El pasado verano habíamos estado varios días recorriendo la Bretaña con la V-Strom pero, por una razón u otra, no nos acercamos hasta allí. Me hacía ilusión volver a dar una vuelta por las calles empedradas del pueblo, con sus fachadas inclinadas y casi vencidas por el paso del tiempo y su gran abadía en el centro. El pueblo no tiene nada de especial respecto a otras localidades bretonas, pero me hacía ilusión volver después de tantos años. Obviamente, la mayoría de negocios, tiendas y bares que recordaba, ya no existen. Pero el canal con su paseo arbolado y la gran abadía allí siguen. El calor aprieta como si de pleno agosto se tratara, paseamos largo rato y comemos algo para, acto seguido, cubrir los últimos (y esta vez de verdad) kilómetros hasta Saint Nazaire. Antes de bajar a la explanada de embarque nos acercamos a un supermercado cercano para comprar alguna bebida fría y sentarnos un rato a la sombra, además aprovechamos para cambiarnos de atuendo y así estar un poco más frescos. Nos presentamos en la zona de embarque con demasiado tiempo de antelación, tanto que aún podemos irnos otra vez a comprar tabaco y tomar algo en un bar con la camarera más estúpida de toda Francia y parte del extranjero… En fin, que nos tragamos unas cuantas horas de espera en la terminal de GLD Atlantique viendo cómo embarcan todos los vehículos excepto las motos, que nuevamente nos quedamos para el final. Durante esas horas conocemos a una pareja de Gijón que, con su scooter de 125 c.c, se animaron a coger el barco y acercarse hasta Saint Nazaire a pasar un par de días. Charlamos un buen rato hasta que, por fin, nos avisan para subir al ferry en cuya bodega dejamos la moto y nos dirigimos a recepción para recoger las llaves del camarote. Acostumbrados al Norröna, este barco parece de juguete.
Después de homenajearnos con una buena cena (dentro de lo posible en el self-service del ferry), salimos un rato a cubierta para poner punto y final al día. Cuando amanezca, seguramente estemos frente a la costa asturiana veintitrés días después…



martes, 8 de noviembre de 2011

27/9/2011 Lille-Rouen-Le Mans 465 Km

Una densa niebla cubre Lille esta mañana. Desayunamos y cargamos la moto, que había pasado la noche, a buen recaudo, en un parking. Salimos de la ciudad y, a los pocos kilómetros, un nuevo atasco ralentiza la circulación. En esta ocasión es un trailer cargado con bidones agua el que se ha cruzado en la carretera perdiendo toda su carga. Por suerte, en Francia, cuando hay un atasco las motos gozan de un trato de preferencia. Ocupas el espacio entre los dos carriles y los coches, poco a poco, se van abriendo a tu paso. Incluso los coches de policía te permiten continuar. Además tuvimos la suerte de circular detrás de una inmensa BMW K 1200 LT que iba abriéndonos camino. Dejado atrás el atasco y la niebla, volvemos a disfrutar de un día radiante en el que la casi total ausencia de tráfico hace que circular por las magníficas autopistas francesas, sea un placer. El ritmo es relajado y las paradas frecuentes. Ya que no hace aire , aprovecho para circular con la visera abierta intentando evitar que me suceda lo del día anterior. Por su parte, Vir sigue con el iPod a pleno rendimiento. En esta ocasión vamos a modificar el itinerario respecto a la ida. No nos apetece circunvalar París con todos sus atascos y motards haciendo slalom a velocidades vertiginosas. Nuestra ruta nos llevará por el norte, por Amiens, Rouen y Alençon. La noche la pasaremos en Le Mans ya que, de este modo mañana tendremos pocos kilómetros que recorrer antes de llegar a Saint Nazaire.



A la altura de Alençon dejamos la autopista para realizar los últimos 50 kilómetros por la nacional. El trazado no tiene nada de especial pero es agradable rodar a un ritmo más sosegado atravesando pequeños pueblos, algunos de ellos muy pintorescos.
Sin más novedades llegamos al hotel a media tarde. Se trata de un Formule 1 nuevo e impecable, que incluso tiene un pequeño jardín en el que cenamos y pasamos una buena sobremesa completando el diario y mandando algunos mails. Antes, habíamos ido a dar una vuelta por los alrededores, en chanclas y de manga corta. Tiempo absolutamente veraniego para ir cerrando el periplo…

lunes, 7 de noviembre de 2011

26/9/2011 Noordwijck aan Zee-Lille 291 Km

De nuevo sol y calor. Así amanece el día en la costa del Mar del Norte. Recogemos el equipaje, desayuno rápido y rumbo al oeste-suroeste. Nada más dejar Noordwijk aan Zee nos acercamos a Noordwijkerhout, donde Vir pasó una temporada. Damos una vuelta por el pueblo por el que habíamos deambulado, un poco despistados, la noche anterior. Una vez nos ponemos en ruta nos encontramos con un monumental atasco que, como pudimos comprobar, se debía a la salida de la carretera de un coche. Dejamos atrás el embotellamiento y , poco después, las salidas a Den Haag y Rotterdam. El destino para el día de hoy es Lille y no hacemos paradas intermedias, aunque estuvimos tentados de hacer una pequeña escala en Gante.


 El día transcurre sin grandes novedades salvo que, a pocos kilómetros de Lille, justo al abandonar Bélgica, sufro algo parecido a un bajón de tensión. Y digo parecido porque nunca he sufrido uno y, por tanto, no tengo referencias. Después de hacer una parada para comer, continuamos la marcha y pasados unos minutos empecé a tener una sensación un tanto extraña. Era como si no llenase los pulmones de aire y se me fuese un poco la cabeza. Hacía calor y decidí abrir la visera del casco, luego la mentonera y finalmente acabé por desabrocharme la chaqueta. La sensación de agobio y de cierto desvanecimiento no cesaba al completo hasta el punto que me llegó a asustar un poco. De pronto ese malestar se intensificó y, por suerte, pasábamos junto a la salida de un área de servicio hacia la que me lancé cruzando los dos carriles de la autopista. Sujeté la moto como pude, le puse la pata y me desplomé en el césped. Al parecer, la cara de los allí presentes era un poema y, de hecho, alguno ya se estaba acercando cuando volví a incorporarme. No llegué a desmayarme pero el desfallecimiento era considerable. Bueno, nada que no se pudiese resolver con una buena dosis de glucosa suministrada por Vir en forma de galletas y Coca-Cola. No entiendo porqué me sucedió algo así. Hacia calor pero no asfixiante, había comido pero algo ligero, la velocidad era moderada… es cierto que cruzar Bélgica fue un pequeño tormento debido a las interminables filas de camiones y sus respectivos rebufos, pero nada más.
Una vez recuperado emprendimos el tramo final hasta Lille aunque yo iba bastante agobiado. De vez en cuando me sentía “raro” y me acojonaba pensar en un posible desmayo: no voy solamente yo en la moto…
Lille nos da la bienvenida sin más contratiempos y, nada más entrar, percibimos una ciudad realmente bonita; con grandes avenidas como si de un pequeño París del norte se tratase. Después de dar una vuelta por el centro nos acercamos a la oficina de turismo, allí nos indican la zona más adecuada para buscar alojamiento. Nos apetece dejar las maletas, pegarnos una ducha y salir a dar un paseo para aprovechar la tarde. Hacemos varias tentativas en diversos hoteles del centro: si uno daba miedo, el siguiente daba asco, o las dos cosas a la vez.




La palma se la llevó uno en el que, para acceder a la recepción había que ascender por una escalera con tropecientos grados de inclinación y una anchura de unos ochenta centímetros. Allí, en su pecera, estaba un hombre bastante desganado y con aspecto de no haber conocido la ducha en el último lustro. Aún así, y ya por pura curiosidad morbosa, le pedimos que nos enseñe una habitación. Extiende la mano con un llavero y me dice: “en el piso de arriba”. Subo yo solo, el ascensor no funciona y la moqueta luce una auténtica colección de cadáveres de coleópteros. Alcanzo la buhardilla y, además de varios cables colgando de la pared y un contador desvencijado, me encuentro con una serie de puertas dotadas de un recubrimiento rugoso y su correspondiente número escrito con bolígrafo BIC, haciendo gala de una caligrafía bastante deficiente. Ni qué decir tiene que la porquería de las paredes era tanta y tan variada, que adquiría el grado artístico de graffiti. Finalmente encuentro la habitación correspondiente a la llave que porto en mi mano. La meto en la cerradura y ante mi se abre una estancia lúgubre, sucia, vieja y deteriorada a más no poder. Cortinas colgando, suelo pegajoso, un baño almodovariano al que a penas tuve el valor de asomarme… Sin querer ver más me doy media vuelta, bajo la escalera y, con un escueto “gracias, no es lo que buscamos” salimos a la calle. Creo que intentar transmitir el estado y la estética de aquél cuartucho es tarea cuasiimposible. Reconozco que soy un tanto remilgado con la limpieza pero, por lo demás, me adapto a cualquier posible incomodidad. Además asumiría dormir en esas condiciones si estuviéramos en Nepal, pero en Francia no. Aquello no era sino un nido de hongos, papilomas, pulgas, piojos y sabe Dios qué más cosas microscópicas y nocivas para la salud humana!
Aún así debo reconocer que, como aficionado a la novela negra, no fue una experiencia totalmente baldía: bien podía ambientarse allí alguna que otra escena sórdida protagonizada por matones, alcohólicos y demás fauna de los bajos fondos :-)
Juro y perjuro que, lo hasta aquí descrito, trata de ajustarse lo máximo posible a la realidad observada :-)
Ya en la calle dirigimos nuestros pasos a otro hotel que, al menos desde el exterior, promete un poco más de higiene. Y en esta ocasión no nos equivocamos. Limpio limpísimo y cómodo comodísimo! Y menudo clavo nos metieron… Pero no había duda razonable posible.
Patear el centro de Lille es de lo más “entretenido” porque, a cada metro, un grupo de chavaletes te asalta para darte palique y, de paso, sacarte unos cigarros, unos euros o lo que se tercie. Dejando las bromas a un lado, Lille como tantas otras ciudades francesas es el paradigma de lo que no se debe hacer si lo que se pretende es integrar a determinados colectivos inmigrantes de una forma plena y satisfactoria. Se pasan el día sentados en un banco, deambulando por el centro y, a fin de cuentas, perdiendo el tiempo y, con él, sus vidas. Supongo que es fácil soltar teorizar al respecto cuando uno no tiene ese “problema” a la puerta de casa, pero cuando uno presenta un poco más de melanina de lo normal y su procedencia es más meridional de lo deseable, tiene las puertas del gueto abiertas de par en par. A partir de ahí terreno abonado para ser carne de cañón y entrar en una dinámica casi imposible de modificar. Una pena y una vergüenza a partes iguales.
En fin, la ciudad también nos sorprende gratamente en su parte antigua. Un casco relativamente bien conservado al que accedemos por la zona de la opera y sus elegantes edificios neoclásicos. Las callejas por las que transitamos tienen el encanto de los cascos antiguos cuidados pero que no se han convertido en puras maquetas. Las calles tiene vida, hay muchísimas edificaciones muy singulares y, en algunos rincones, puedes percibir un aire decadente muy agradable. Es una pena que esta visita no haya coincidido con la estancia de Jorge, un buen amigo, en Lille. Estuvo aquí un par de años y, seguramente, hubiese sido un gran Cicerone. Nos acordamos mucho de él.
El día se despide con más de veinte grados y un agradable anochecer…

25/9/2011 Appel-Groningen-Leiden-Noordwijk aan Zee 538 Km

El tiempo se nos va agotando, los días y las semanas han corrido más de la cuenta y, en breve estaremos reincorporados a la rutina y a las obligaciones del día a día. Poco a poco van surgiendo, a modo de adelantado epílogo, los comentarios tipo “pues se me ha pasado muy rápido”, “volvería a salir de viaje mañana mismo”, etc… Pronto empezaremos a recordar lugares, personas y sensaciones en pretérito perfecto… La ruta casi ha finalizado. Pero aún tenemos que cubrir unos cientos de kilómetros y el itinerario nos llevará, en primera instancia, hacia Holanda. La mañana transcurre con calma, a través de las, desde mi punto de vista, sobreestimadas autobahn alemanas. Imagino que en otras zonas del país estarán en mejores condiciones, pero por donde nosotros hemos transitado, dejaban bastante que desear. El caso es que tras alcanzar Bremen ponemos rumbo a Oldenburg y a la frontera holandesa. Las paradas son las justas para repostar, estirar un poco las piernas y tomar un café de vez en cuando. El tiempo sigue acompañando y cada vez hace más calor. Hace cuarenta y ocho horas el concepto “calor” era algo casi abstracto y, sin embargo hoy el termómetro supera los 20º.
Como la sensación de estar cerrando el viaje es algo cada vez más palpable, durante las horas de autopista voy haciendo pequeños resúmenes mentales de lo vivido. Y le llega el turno a la moto. Al final del relato supongo que le dedicaré unas líneas a la Triumph pero, por el momento, no puedo más que sentirme satisfecho con su rendimiento. No soy persona que sienta demasiado apego por sus motos; obviamente me gustan las motos que he tenido y, desde luego, no las miro con los mismos ojos que al coche (que me importa un pepino, para mi no es más que un utensilio práctico y punto). Pero jamás he sentido esa especie de pasión que la mayoría de moteros profesan a sus vehículos. Me gusta estéticamente, me da lo que le pido y disfruto rodando con ella pero no tendría ningún problema en cambiarla mañana mismo. Como ya adelanté en alguna otra entrada me preocupaba ser “la cobaya” de Triumph; plantearse un viaje como éste con un modelo nuevo en el mercado es exponerse a sorpresas continuas y, sin embargo, la TT 800 XC ha cumplido su arduo cometido con la regularidad y la precisión de un reloj suizo. Ni las piedras que tuve que sacar del motor impidieron que arrancara a la primera bajo cualquier condición. Pero como todo en esta vida es mejorable, la Tiger no iba a ser menos y, en su momento, ya apuntaré algunos detalles que la marca debería pulir para tener un producto totalmente redorndo.
A lo que iba; una vez en Holanda y teniendo en cuenta que ya conocíamos Amsterdam, decidimos acercarnos a Groningen. Para ello pasamos cerca de Assen “La Catedral” del motociclismo pero, como no somos aficionados a este tipo de tinglados, seguimos de largo. Eso sí, si se pusiese a tiro la oportunidad de ver un G.P no la desaprovecharíamos pero por pura curiosidad como quien asiste a cualquier otro espectáculo singular. A priori, y sin haber acudido nunca a este tipo de eventos, tengo la impresión de que no lo disfrutaría demasiado: aglomeraciones de gente, ruido y más ruido y, en muchas ocasiones, algunos macarras que empañan el comportamiento cívico de la mayoría. Bueno, seguimos adelante y la cantidad de motos que transitan por la autopista es alucinante. Se ve que el circuito genera afición. Continuamos bajo un sol radiante que inunda de luz las llanuras holandesas, en algunos lugares bajo el nivel del mar, salpicadas de antiguos molinos y modernos aerogeneradores. Cientos y cientos de kilómetros de carriles-bici discurren junto a la autopista. Groningen nos generaba cierta curiosidad, no sabíamos si nos gustaría o no, pero durante años hemos estado enviando y estudiando muestras a esta ciudad para realizar pruebas de datación mediante el C-14. Y resulta que nos gustó. Aparcamos en una céntrica plaza y, sin rumbo definido, empezamos a callejear. El ambiente es el típico de las ciudades holandesas: calles animadas, gente paseando, bicis por todas partes, rincones y edificios pintorescos, algún que otro canal… Es agradable, cada uno a su aire y sin llegar al surrealismo de algunas zonas de Amsterdam.
Después de un buen paseo el hambre empieza a apretar y buscamos algún sitio para comer algo. Acabamos por dar con un local en el que exclusivamente se sirve comida “ecológica” y el comedor es un pequeño patio-jardín en la parte trasera del edificio. Apetece quedarse toda la tarde bajo uno de los sauces entre los que se disponen las pequeñas mesas. Pero tenemos que continuar y nos dirigimos hacia la moto. Una vez allí conecto el navegador y, mientras espero a que empiece a funcionar, un tipo con una cazadora de cuero, mochila a la espalda y casco en mano se dirige hacia mi. Pensaba que estábamos perdidos, le digo que no, que simplemente encendía el navegador para salir de la forma más rápida de la ciudad. Nos indica la salida más cómoda y charlamos un rato. Me pregunta por la moto, y comenta que ha estado el verano pasado en España con su Ducati, que si Cataluña, que si el País Vasco… Un tío amabilísimo del que nos despedimos porque, según él, tenía que irse a estudiar. Vaya faena, con el día que hace!



Rodamos hacia el sur, en dirección Amsterdam. Circunvalamos la ciudad mientras divisamos, a lo lejos, algunos de sus modernísimos e impactantes rascacielos de cristal. El diseño y la arquitectura del norte de Europa siempre nos llama la atención. Edificios supervanguardistas contrastando con ensanches del siglo XVIII-XIX y cascos históricos medievales. La idea es acercarnos a Leiden que, aunque ya lo conocíamos, personalmente a penas lo recordaba. Además nos evitaríamos la entrada y la salida de una gran ciudad. Después de darnos una vuelta por Leiden empezamos a buscar alojamiento y, cuál es nuestra sorpresa cuando comprobamos que o nos gastamos una cantidad de dinero obscena o dormimos en un absoluto cuchitril. Descartamos pasar la noche aquí por cuestiones económico-higiénicas :-) Cerca , y ya en la costa, se encuentra Noordwijk aan Zee y Noordwijkkerhout. Ambos lo conocíamos: yo solamente de pasada (si mi buen amigo Miguel lee esto seguro que recordará el lugar :-) y ella había estado un mes. Es una zona eminentemente turística a la orilla de una extensísima playa, donde se suceden hoteles y chalets a lo largo de unos cuantos kilómetros de costa. Por el contrario, si nos adentramos un poco hacia el interior, decenas de invernaderos salpican el paisaje. Es aquí donde se producen buena parte de los famosos tulipanes holandeses. En un momento nos plantamos allí y, directamente, empezamos a buscar cama para esa noche. La búsqueda se alargó mucho, dimos más vueltas que peonzas y, finalmente, tras un par de horas de transitar arriba y abajo por las mismas carreterillas locales, acabamos por quedarnos en el primer sitio que habíamos visto. Suele pasar… Durante esas dos horas acabé por parar a un coche de la policía que, tras darnos las indicaciones necesarias para llegar al alojamiento que buscábamos, decidió acompañarnos. Un tipo muy majo que, con un “síguenos!” parecía haber hecho un juramento para no levantar el pie del acelerador! Joder, qué manera de conducir… y nosotros detrás! Nos dejó delante del lugar que buscábamos y nos despedimos. El problema que se planteaba ahora es que la recepción estaba desierta, ni rastro de ser humano por aquellos pasillos y salones. Solamente un huésped que, después de un par de intentos de localizar al recepcionista también se dio por vencido.
En fin, que nos quedamos en una guest house delante de la playa. Deshacemos el equipaje y tras una necesaria, ansiada e imprescindible ducha , salimos a dar un paseo y a cenar algo. Ya estaba casi todo cerrado y acabamos con algo de comida rápida sentados en cualquier parte cerca de la playa: a veces lo más sencillo acaba sabiendo a gloria!